Una remera violeta puede mostrar la hilacha. Puede concedernos el placer de desahogar un mar. Puede dormirnos en la cama más ajena.
Salgo de mi casa. No sé a dónde voy. Me quedo en la puerta.
Hojas. Hojas secas. Hojas muertas que termino de matar.
El mayor mito: “Los hombres no se abusan de las mujeres desconsoladas”. Vos me ofrecés consuelo de una manera muy particular y caigo y me levanto. Pero ya es tarde y la gente no sale de su casa por el frío y por el viento y porque miles de palomas no cumplen su función.
Vamos al río.
Una remera violeta puede hacerte ver dibujos en las copas de los árboles. Pero no hay árboles. No hay hojas muertas para matar. Nos transformamos en dos hojas que se secan, que se atraen y se repelen. En dos hojas secas que juegan a no ser, que hablan de absurdos y esquivan el asfalto.
Empezamos a jugar con el viento, pero siempre me gustó la libertad. El viento intenta llevarnos hacia donde él quiere. Eso no me gusta. Mejor escapemos. Los ojos del viento nos miran acusadores. O tal vez, ni nos miran. Pero no me gustan las probabilidades. No tolero la estadística.
Escapamos. O eso creo. Nos metemos en un pasillo. Un pasillo oscuro que se nota que conocés. Vos mirás con ojos de luz. Yo, los tengo apagados. Llegamos. Hay algo en el aire que no deja cerrar la puerta. Un árbol sin nombre, una prostituta sin cara, un viaje sin destino, mentiras sobre religión, conexiones desconectadas. Vos estás con otra yo y yo estoy con otro vos. Yo estoy con otra yo. Y vos… vos no sé. Hay caras que no entiendo. La tuya, es una. La mía, es otra. Soy ajena a mí misma y a vos.
Una remera violeta puede lograr que una almohada se vuelva un huracán. Una remera violeta puede lograr que dos hojas secas se vuelvan tornasol. Una remera violeta puede lograr que las historias nunca tengan fin.
sábado, 30 de junio de 2007
Violeta tornasol
Mi yo desangrándose
en un éxtasis ilustrado,
en un violeta tornasol.
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